Tras el descalabro financiero de Wall Sreet se oían de nuevo gritos contra la globalización. Ahora, tras la alerta mundial contra la gripe del cerdo provinente de México suenan voces de confort por la capacidad de respuesta global.
Odiamos las cosas malas que nos trae la globalización pero aplaudimos que los problemas de alcance global reciban una respuesta global. Como ha de ser.
Entre el sí y el no a la globalización nos dirimos – a medida en que nuestro planeta se hace drásticamente pequeño, voluble y arriesgado – a un estado de irreversible interdependencia.
No pasarán muchos más antes de que todos nos demos cuenta cabal de que estamos en un mismo barco. De que los envites y sus zarandeos son todo nuestros. Inexorablemente globales.
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