El calor que azota Barcelona me hace recordar mis estancias en Santo Domingo, ciudad también impregnada de un manto de calor. Y asociado al mismo recuerdo, los cortes intermitentes de fluido eléctrico en los hoteles, las tiendas, las escuelas.
¿Cómo es posible competir en el mundo con condiciones de partida tan distintas?
Los ordenadores constituyen un buen ejemplo. Qué bien se escribe con un teclado sólido, una pantalla límpia y una conexión a Internet rauda y fiable.
Por contra, qué tedioso es escribir con un teclado en que hay teclas que fallan, una pantalla que se bloquea o con descarga de datos que se interrumpe cada dos por tres. Cómo se rompe entonces la concentración y baja el gusto por el trabajo.
Comparemos la productividad entre el usuario de uno y otro equipo: no hay color. No es úna cuestión de talento del usuario. Es una cuestión de medios, de infraestructura.
Si trasladamos la comparación a la economía global, observaremos lo implacable de la brecha que se crea entre unos países y otros. La diferencia entre los medios de producción es implacable.
De mi recientes estancias en Boston guardo el recuerdo de un país que tiene la capacidad de reunir las mejores condiciones para el trabajo intelectual. De ahí es natural que florezca el talento. De entrada, no son más listos que nosotros. Pero son mejores organizando su sistema de creación de conocimiento.
En España, sin ir más lejos, no nos falta gente con aptitudes. Es el sistema educativo y la falta de meritocracia lo que cercena la progresión de muchos que debieran estar entre los mejores.
Hay que regenerar el sistema. Cambiar sus valores. Reeducar las actitudes. Sólo así criaremos excelencia.
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