Ibamos por el Carrer Gran (antigua Mayor de Gracia) y mis hijas me han señalado el vistoso espectáculo en el asfalto: una japonesa dando cuenta de una fenomenal sandía en la bochornosa tarde barcelonesa. Comía con fruición, que es la única manera como se ha de comer una refrescante sandía.
Recuerdo en mis tiempos en la cadena RIU que algunos hoteles sorprendían a sus clientes repartiendo gratuitamente en la zona de la piscina fenomenales tajos de sandía bien madura, normalmente stocks sobrantes de los desayunos prontos a periclitar como alimento.
La hidratante fruta tan cortés como sorpresivamente ofrecida causaba auténtico júbilo entre la clientela de bañistas.
Qué valor percibido más grande para un gesto tan sencillo.
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