Fue hace unos cinco años en mi último viaje a Jamaica. De repente se puso a llover torrencialmente en Negril y 30 personas nos arremolinamos bajo el único cobertizo próximo. Y así esruvimos una hora. Una hora dedicada a la meditación bajo el aguacero. Una hora de un día infinito en un Caribe atemporal. Como si tal cosa.
Esta mañana me ha pasado lo mismo en la confluencia entre la Gran Vía barcelonesa y la calle de Villarroel, en una ciudada a la espera de la llegada del Tour de Francia.
El aguacero me ha tenido allí retenido, sin paraguas, con mis sandalias empapadas.
Una hora da para mucho. He conocido el interiorismo de mi parapeto, la Caixa de Manlleu. Me he fijado en el logo -enfrente- del Banc de València (entidad que no conocía), he vislumbrado un edificio llamado Soho en que nunca me había fijado. Y así un sinfín de detalles.
Una hora da para mucho. Menguada la lluvia, he continuado hacia el centro, me he parado en un establecimiento chino y he comprado un diminuto y resultón paraguas por tres euros.
No falla: nada más comprar mi amuleto de ocasión, ha dejado de llover.
Suele funcionar.
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