Mi hija Patricia ha cumplido 18 años y un día. Ya es mayor de edad.
Yo intento recordar qué sentí yo mismo cuando cumplí los 18…
Por de pronto esa edad me cogió en mi segundo trimestre de Universidad, cursando al mismo tiempo primero de Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Bellaterra y primero de Derecho en la Universidad de Barcelona.
Era, por tanto, invierno, y yo me pasaba el día de una aula para otra: por las mañanas en Bellaterra; por la tarde, de 4 a 7, en la Facultad de Pedralbes.
El recuerdo más vivo que tengo es -paradójicamente- el sopor de las clases de historia del Derecho que se impartían de 4 a 5 de la tarde en el Aula Magna a cargo del profesor don Aquilino. El cansancio que yo acumulaba me obligaba a hacer esfuerzos ímprobos por no dormirme en clase, que el profesor se empecinaba en hacer lo más aburridas posibles.
Unos años más tarde, releyendo apuntes y el manual de la asignatura, me percaté de lo interesantísimo que era todo aquello: cómo la creación de un Derecho propio está insita en la historia de un país. Le vi un sentido que no alcancé a captar en aquellas soporíferas clases.
Aparte del descubrimiento del mundo universitario, mis 18 años pasaron como por ensalmo entre aulas y sesiones de estudio en casa en los fines de semana, más clases intensivas de inglés en el Instituto de Estudios Norteamericanos de la Vía Augusta.
Mientras, la calle vibraba con la transición política y la sociedad española se disponía a realizar una transformación radical. Y, como por ensalmo, cumplí los 19.
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