En algunas ocasiones profesores del ámbito de Harvard no responden a mis misivas electrónicas. Al comienzo, me irrito. Pero luego recapacito y lo entiendo: si el tienmpo es nuestro activo más valioso, debemos invertirlo con sumo esmero.
Un docente español muy arraigado en la Universidad de Harvard me explicaba que no hay que considerar la no respuesta como una actitud de mala educación: son tantas las peticiones que reciben los aclamados cerebros grises del lugar que si se dedicasen a contestar -aunque fuera con un breve pero cortés mensaje- se desviarían de la esencia de su trabajo: la investigación. Saber cada día más y transmitirlo mejor.
Estoy plenamente de acuerdo: las prioridades son las prioridades.
Yo mismo me doy cuenta de que son muchos los mensajes que recibo de gente que no conozco y que inquieren, consultan o saludan. Es raro que deje de contestarlos. Pero no tengo la garantía de que siempre será así.
Hoy en día enviar un mensaje es prácticamente gratuito y el conocimiento del e-mail del destinatario se pone fácilmente al alcance vía Google o por simple gestión de contactos.
Con todo, yo provengo de aquella cultura clásica en que se considera responder como moralmente oblidado, una inexcusable cortesía. Odio el «silencio administrativo» tanto como odio los malos hábitos funcionariales (tanto si se dan en la Administración como en el sector privado).
Sin embargo, soy también de la opinión de que las personas que ocupan puestos relevantes (especialmente si son públicos, pagados entre todos),tienen la obligación moral de dotarse de una autoorganización que satisfaga las expectativas de sus stakeholders, grupos de interés y sociedad en general.
La disponibilidad y ágil respuesta forman parte del genuino concepto de servicio. Y servir es la más noble de las actividades.
En mi vida profesional me he encontrado con un sinnúmero de casos de gente que no contesta y debiera hacerlo.
No puedo dar mi confianza a alguien que no responde, que se evade. O incluso se escaquea.
Ante la prototípica respuesta de «es que tengo mucho trabajo» me surge del alma: «¡Toma¡ ¡Y yo! ¿No será que serás un inútil organizándote?»
Rara vez alguien reconoce eso: su falta de capacidad organizativa.
Es como lo de la timidez. A pocos les da rubor reconocerse tímidos. En cambio, qué pocos se reconocen como tontos del bote…
Y, para acabar, la temida frase: «Llámame después de fiestas». Es el estigna de nuestro tiempo, en el ámbito latino y ramplón.
Mientras nuestra economía se desangra por el paro, encuéntreme un lampista fiable en agosto.
¿Quiere usted saber lo que en realidad nos está pasando?
Se lo explico «pasado fiestas».
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