Menciona un rotativo este domingo (El País) que las hermanas Koplowitz practican yoga. Alude a ello muy de pasada. Intrigado, me surmerjo en Google y descubro también una parca mención de…2002 (El Mundo Magazine).
Si Esther y Alicia (o Alicia y Esther) se mantienen en el saludable hábito, tenemos una demostración más de que el dinero de por sí no da la felicidad, ni el equilibrio psicoemocional. El yoga quizá sí.
Me encantaría ver por una mirilla ambas hermanas contorsionándose y recuperando la flexibilidad de su mocedad a través de esas técnicas tan maravillosas que el yoga ofrece, como las asanas (posturas). Incluso compartiría con gusto la sesión. De igual a igual.
Cuando veo que el gran capital o que banqueros metidos a presidiarios y luego a blogeros (como mi colega en Periodista Digital, Mario Conde) se adentran en la espiritualidad, percibo la grata confirmación de que la senda del crecimiento personal (y no el pecuniario) es la que debiéramos compartir todos. Como buenos hermanos.
Todos compartiendo esa riqueza inagotable, que no conoce burbujas. Ni apalancamientos. Ni despertares amargos.
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