La expresión inglesa «life-long learning» la podemos traducir por «estudiar de por vida».
No es una de tantas expresiones anglosajonas: es un concepto que obliga al rediseño de nuestras vidas, especialmente de los más jóvenes, en pos de un objetivo: estar al día de todo tipo de habilidades para saber desenvolvernos en un mundo cada vez más complejo.
La formación permanente vendría ser a ser un término similar a este concepto, fácil de explicar pero más difícil de implementar. Conlleva que los propios particulares asumamos el timón en el diseño de nuestra formación.
Si hemos de esperar que las organizaciones lo hagan, estamos listos: no se ponen las pilas -al menos en España- ni practican lo que pregonan. Es sencillamente un desastre. Y una gran mentira que deja impronta en las clasificaciones internacionales de competitividad, donde bajamos continuamente posiciones.
Pero esta inhibición de las empresas no ha de ser excusa para que nosotros dejemos de asumir la iniciativa de planificar nuestras carreras profesionales (o lo que quede de ellas). Nunca es demasiado tarde y siempre es necesario.
Es tan importante hacerse consciente de nuestras necesidades formativas que no podemos dejarlo al albur de terceros. A menos que queramos condenarnos a una vida mediocre y dependiente.
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