Nunca había estado en Ourense. Y yo me lo perdía.
La ciudad es grata, recogida, amable. Apenas he estado media jornada callejeando pero ha sido suficiente para anotar su nombre en la lista de destinos de perentorio retorno.
Es increíble el contraste entre el puente romano y el moderno de Calatrava: una fenomenal estructura de hierro que se desparrama, languidece, como los relojes que se funden de Salvador Dalí.
Buen condumio en el restaurante Martín Fierro en la grata compañía del equipo del decanato de la Facultad de Ciencias Empresariales y Turismo del Campus de Ourense de la Universidad de Vigo.
«Buscábamos un conferenciante transversal y te encontramos en Internet», me cuenta Elisa, la joven decana.
Me hace mucha gracia eso de «transversal». Pero es cierto. He tocado ya tantas teclas en mi vida profesional y en mis estudios que si algo tengo en transversalidad de conocimientos, una clara vocación de transdisciplinariedad.
Pienso firmemente que todo está relacionado con todo. Siempre lo intuí pero lecturas recientes sobre ciencias y filosofía oriental me lo corroboran.
Galicia es un país amable y en Ourense encuentras además el valor añadido del estar en un segundo plano, de manera queda y relajada.
Me gusta Ourense. Y mucho también la vecina Pontevedra. No conozco aún ni Vigo ni Lugo. Todo se andará.
Que también soy viajero «transversal».
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