Una persona que me aprecia me ha llevado a lo alto del campanario del pueblo barcelonés donde reside.
Hemos accedido secretamente. Ni el párroco sabe que mi amigo tiene copia de la llave. Sólo las campanas lo saben.
El acude de vez en cuando para ver su pueblo de otra manera.
Por él he desafiado la angosta escalera de espiral amurallada (padezco de claustrofobia probablemente originada en vidas anteriores), he evitado el gran contingente de excrementos de palomas y los cables eléctricos, indolentes y pendencieros.
Una vez arriba, gran vista a la vista.
Valía la pena. Otro enfoque. Otra visión del todo.
(Hay sólo una posibilidad entre un millón de que el párroco lea este blog. Con todo, no me arriesgo a mencionar el pueblo. Un secreto es un secreto).
Home