Tres detalles me llaman la atención del partido de anoche (17-10-09) Valencia-Barcelona: la animosidad del respetable contra los trencillas, las sobreactuaciones del jugador Albes y el temor local al Barça cuando juega como sabe.
Se hace evidente que los públicos de fútbol se apuntan a la guerra psicológica a través de la animosidad contra el árbitro. Intentan influirle. Hacerle percibir las intervenciones del rival como punibles, execrables. Merecedoras siempre de sanción: falta, tarjeta o expulsión.
Pero hay momentos en que las protestas se revelan tan ridículas, tan inconsistentes, tan pasionales, que el truco queda al descubierto.
Con todo hay que tener mucha personalidad para aguantar tanto presión.
Lo del jugador azulgrana Albes es un puro sinsentido. La comedia ocasional puede sazonar el espectáculo pero por lo repetida se gira contra su autor: simular ser agredido de buenas a primeras es una actitud provocadora. Los árbitros más solventes ya han clichado al por otro lado excelente jugador brasileño.
A ver si a Albes le acabará pasando por sobreactuar lo del pastorcillo mentiroso: gritaba que llegaba el lobo y cuando en verdad llegó nadie le hizo caso.
Y apunte final sobre las postrimerías del partido: cuando el Barcelona trenza su juego característico es realmente temible. Se vio anoche bien a las claras que el Valencia daba bien el empate por bueno.
A eso se le llama temor reverencial. Y en este caso el reverenciado es (a pesar de su partido mediocre) el FC Barcelona.
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