Estoy leyendo «La rueda de la vida» de la difunta psiquiatra suiza Elizabeth Kübler-Ross, mundialmente famosa por sus investigaciones sobre la muerte.
Estremece el recuerdo autobiográfico de su amor a los animales, conejitos de granja incluidos, que sus padres le hacían llevar al carnicero para la cena en casa. Y cómo ella debía obedecer y contener las lágrimas. Así se forjó su carácter resiliente.
Habla también de su angustia existencial, el querer saber ella-quién-era. Trilliza, el cuarto hermano vigilaba a las tres hermanas cuando orinaban. Ninguna de ellas podía abandonar el orinal hasta que las tres hubieran acabado.
Ella veía así su propia personalidad bloqueada, sin poder distinguirse de sus dos hermanas trillizas. Todo lo tenían que hacer al unísono.
Es impresionante cómo la personalidad se forja con detalles aparentemente tan triviales como poder orinar o no a tu aire.
Es un libro fresco como una bocanada de aire.
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