Cada vez somos más los peatones que atravesamos en rojo. Y yo me avergüenzo de ello: bien mal se lo ponemos a los conductores, status que yo desempeño en contadas ocasiones.
Pero lo que me asombra es ver a viejetes barceloneses jugársela en rojo con la pierna renqueante por apurar 15 segundos de su tiempo.
Y si son pitados, algunos se rebelan hizando despectivamente el brazo.
Es el efecto maléfico que tienen las grandes ciudades: nos insuflan una prisa artificial, contra natura.
Intentaré no pasar en rojo.
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