Siempre hay una primera vez. Y a todos nos toca tarde o temprano.
Anoche mi sobrino Eric pudo entrar por primera vez en el Camp Nou con motivo del derby Barcelona-Español. Yo le acompañé con la ilusión compartida de colaborar en un importante rito iniciático.
Si el coronel Aureliano Buendía de la novela «Cien años de soledad» recordaba la primera vez que su padre le llevó a ver el hielo en la selvática Colombia, yo recuerdo todavía mi bautizo azulgrana de fuego -en los años setenta- con motivo del fichaje de Johan Cruyff.
En una de mis primeras visitas al estadio tuve el privilegio desde muy buena posición de ver el magistral gol de Cruyff al portero Reina (entonces en el Atlético de Madrid) volando como una bailarina en noche de estreno.
Eric pudo anoche (84.000 espectadores) presenciar el doble espectáculo que ofrece el estadio: el terreno de juego y el público. La marabunta que ruge antes y después del partido (a veces, durante). El olor a fritanga y perrito caliente. El ir y venir de quienes imploran dádiva en forma de carnet en las puertas de acceso al estadio. La faraónica presencia de las unidades móviles de la televisión. Los insultos inimaginables de gente de bien que se transforma en el estadio. Los urinarios inclementes y esa humedad incómoda que se mete en los pies y no te deja. Los himnos desaforados. Chillidos y abucheos. Magia y felicidad ante los goles.
Todo eso es el estadio.
Media hora antes del inicio del partido nos acercamos al sagrado recinto del palco. Cuánto Producto Interior Bruto de Cataluña se concentra en ese perímetro de un centenar de asientos. Es el mayor templo de las relaciones públicas, negocios y negocietes y la quintaesencia del narcisismo catalán: desde donde mirar y ser mirado.
Partido bronco (menos que el del año pasado), últimos minutos prescindibles, despedida y cierre.
Eric (13 años) tuvo su iniciación (una de tantas en su joven segunda década de vida) y volvimos a casa sabiendo que ya era uno más en la tribu.
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