Paso 30 horas escasas por Mallorca y redescubro la dureza de la humedad fría, el aire inclemente y la descomposición política de la isla.
Paseo por rincones queridos, saludo amistades entrañables, pago impuestos retrasados y curioseo en los nuevos establecimientos.
Mallorca mantiene el atractivo singular de siempre. Vuelvo a hablar un poco el alemán. Me reencuentro con la querida fonética mallorquina.
La jornada y media pasa bien rápido en el paraísos de la calama, en repliegue y postración. Esperando. Como el que no tiene otra cos que hacer.
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