Dicen que no entrevisto mal del todo.
Lo cierto es que considero la entrevista el más sublime de los géneros periodísticos. El género, en suma, que puede aportar un poco de grandeza a este oficio de alimañas pretenciosas condenadas al fracaso permanente.
La entrevista abre puertas y dota de la mágica facultad de verte legitimado para entrar donde no te llaman. Es una bula excitante, una patente de corso de altísimo privilegio. Una plataforma para el curioseo exacerbado pero también para acceder a las zonas más oscuras de los personajes más admirados.
Un buen entrevistador ha de tener un poco de desfachatez. Lo disimulará mejor o peor pero ahí está: esa desfachatez- si cuela, cuela- que entreabre mazmorras interiores, donde yacen presos nuestros pensamientos más abyectos.
La clave está en encontrar aquello que el otro en el fondo desea divulgar pero que nunca no hará sino media coartada creíble, palanca acertada, invitación a la caída libre, juntos, en el diálogo.
Y la audiencia por testigo.
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