En una entrevista que escribí recientemente para la revista «Catalunya Cristiana» mi interpelado, el pensador Francesc Torralba (doctor en Filosofía y Teología) se lamentaba de la falta de entusiasmo entre el estudiantado.
-Les falta entusiasmo, cosas que les aporten sentido-me decía con el rostro serio este hombre de por sí serio.
Pues así es. Y ellos se lo pierden.
Le pregunté al mentado pedagogo si los profesionales de la entusiasmación (los docentes) parte de culpa teníamos en ello. La respuesta fue clara, rápida y ponderada:
-En parte sí pero cada uno ha de poner lo suyo.
Viene todo esto a cuento del feliz descubrimiento etimológico de mis últimas horas; que «entusiasmado» significa estar de alguna manera poseído por Zeus (Dios griego), insuflado de su divinidad, dinamizado por su presencia.
Quien habla con entusiasmo, habla con la voz de Dios metida en el cuerpo. Y por eso llama la atención. No pasa inadvertido.
Si falta entusiasmo, se infiere que hay desendiosamiento o falta de diosidad. Falta el ánimo imoulsor. La palanca básica para arrostrar el día nuevo que -de momento- llega y asñi uno tras otro.
Por tanto, entusiasmar y endiosar son verbos sinónimos, dándole a este último el cabal significado de «insuflar energía divina», una fuerza irresistible, una gran palanca de transformación.
Quiero compartir con mis lectores mi entusiasmo por este hallazgo etimológico e incluso existencial.
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