El antiguo bar barcelonés «El Velódromo» ha sido renovado con buen gusto: preserva el estilo antiguo pero remozado, pulcro, puesto al día.
Lo que ya no tiene remedio es el cambio sociológico entre su clientela: manifiestamente pija, impúdicamente devota del para-ver-y-ser-visto. Un auténtico «Pijódromo».
Reflejo de ello es el personal: presentan un toque de elegancia sobrevenida, poco consistente. Estoy por decir que me gustaba más la rudeza de los viejos tienpos (años setenta y ochenta) y sus camareros atrabiliarios.
Con todo, hay un punto de delicadeza, de búsqueda de la calidad, lo que por otro lado arropa unos precios subidos.
No dejaré de ir al «Velódromo», en los aledaños de Muntaner/Aribau. Pero me temo que me perseguirá la sensación de que siendo el mismo local ya no es el mismo local.
¿Me explico?
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