Cuando como conferenciante uno va subiendo peldaños y accede a públicos más elevados se percata de la importancia de retornar a la delicadeza de los principios. Que la campechanía juega malas pasadas y que el distanciamiento amable en el fondo agrada más a las audiencias.
Se pierde vivacidad y capacidad de provocación ciertamente pero desarmas a los francotiradores y ahorras mucha energía digna de mejor causa.
Con todo, todos los públicos son distintos. Disponer de varios registros y escoger el adecuado en cada momento es siempre una de las decisiones más difíciles. Y, por supuesto, saberla implementar.
(Yo sé lo que me digo)
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