Cuán superlativo es a veces el poder de los diminutivos.
Es un buen ejemplo la exclamación de la enfermera peruana que atendió hace unos días a mi padre de su enésima recaída en la Clínica de Nuestra Señora del Pilar en la calle de Balmes de Barcelona.
Con el apoyo de tres correligionarias pusieron orden en la selva de sondas, tubos y tubitos y demás adminículos entreverados en la caótica cama de mi progenitor.
Para significar que el paciente no dio facilidades y movía sus extremidades a diestro y siniestro, la enfermera tuvo la gracia de explicarlo así:
-¡Su padre es como un pulpito!
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