Hablo de la tercera muerte de mi padre porque ya ha muerto dos veces.
La primera fue hace poco menos de un año. Soñé con tal intensidad su defunción que me mantuve en la cama convencido de que mi lúgubre corazonada se había cumplido. Amaneció, llamé a casa y comprobé con alborozo que no había sido así.
La segunda muerte fue hace dos semanas. Intervenido de urgencia, el anestesista dio a entender a mi hermana la inminencia de un fatal desenlace. Sus sollozos vía móvil a altas horas de la madrugada (yo estaba en el Montanyà de fin de semana) me dieron a entender erróneamente que ya había fallecido. Durante una hora asumí que yo ya era huérfano. Y me hice las reflexiones de rigor.
Una posterior llamada deshizo el equívoco: papá estaba muy grave pero aún vívía. Unas horas más tarde ya estaba sólo grave. Dos días más tarde ya estaba fuera de peligro. Una semana más tarde ya estaba de nuevo en casa.
Mi padre es así: se resiste a morir. Esta gente criada en la montaña son así: el duro clima los curte y -si sobreviven- se convierten en huesos duros de roer. Son naturalezas excepcionales.
He llegado a pensar por momentos que mi padre es inmortal, lo cual desafía la lógica de la naturaleza humana.
Pero bien pensado sí lo es: mi padre es inmortal. Porque el día que muera, es decir, tras su tercera muerte, si esta es real y efectiva, ya no podrá volver a morir. Será definitivamente inmortal.
(Lo he observado esta tarde en su silla de ruedas en el Turo Park barcelonés barruntando ideas ininteligibles y mirando absorto el surtidor de agua que refresca la tarde. Un anciano quedo y semiapagado).
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