Recalo en la Clínica Universitaria de Pamplona. Edificio impoluto. Tarde otoñal. Dos sobrinos míos allí convalecen.
Unas horas más tarde departo con mi querido Carlos Blanco en una cafetería aledaña. Ha vuelto a la Universidad de Navarra tras dos años de fecunda estancia en la Universidad de Harvard.
Le veo en forma. Repasamos lugares comunes y conocidos de ambos del entorno harvardiano. Elogiamos a pesonas talentosas pero coincidimos en algunos atisbos de humo intelectual. No hay lugar perfecto.
Carlos está más desenvuelto que nunca. Ahora lleva entre manos una investigación transdisciplinaria sobre cerebro y subjetividad. En gran campo se ha metido.
Es siempre agradable conversar con él y ver cómo crece y madura. Cómo atesora nuevos conocimientos y diseña nuevos proyectos para sus elevadas capacidades (tiene 25 años).
Regreso a Estella. El locutorio latino de otros años sigue abierto y me permite insertar esta reseña vía Internet. El teclado es mugriento y la pantalla huérfana completa de limpieza.
Pero es sensacional poder tener esta terminal para comunicar con el mundo exterior en este domingo estellense, soleado y otoñal. Cuando se aproxima la hora del vermut…
Home