He pasado fuzgamente por Peñíscola, en Castellón de La Plana. Apenas una hora y media, lo que dura un partido de fútbol. Qué cambiada está…para mal.
Pero que inenarrables dos momentos mágicos: ver el regreso de las barcas de los pescadores desde el Cerro del Mar y los naranjos rebosantes de fruta.
Dejada de la mano de Dios, la estatua de Josep Maria Subirachs «la Venus de Peñíscola» en la falda del Cerro del Mar. Hace unos 45 años de la erección de esta estatua, el corte transversal de una diosa desnuda. Continúa a pie del cerro, encajonada, rodeada de una pequeña Calcuta, de una necrópolis apresurada de supuestas residencias de descanso. ¡Cuánta destrucción del paisaje!
Pero el mar que se divisa desde la zona de los Pixells continúa siendo hermoso. Un trenecito lleva a los turistas por la zona. Allí recuerdo que mi hermano Enrique y yo, en complicidad con los hermanos Vives, lanzamos un neumático de camión al mar. Bajó rodando por la pendiente de manera majestuosa y se hundió en el agua de manera impetuosa, con un chapoteo de gran plasticidad. ¡Qué espectáculo! (Y qué regañina nos propinó la señora Vives al saberlo…)
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