Cuando frecuentaba la biblioteca central de Harvard, la Widener Library, recordaba con añoranza la del Ateneo. Ahora me pasa justo al revés. El hombre es por encima de todo un animal nostálgico.
Sin embargo, es en el Ateneo donde juego en campo propio. Las paredes emanan vibraciones seculares. Los recuerdos pululan por todos los rincones. Es mi casa.
La Widener Library no dejaba de ser un espacio funcional, un espejismo de progreso, de concurrencia de muchas neuronas por metro cuadrado y la emoción de sentirte en «un lugar importante».
Lo más importante, sin embargo, es la intensidad con la que vives el momento. El jugo que le sacas a los minutos. La presencia cercana de la Rambla. El tufillo mediterráneo de las callejuelas del casco antiguo. Mis comparsas de biblioteca (unos teclean, otros leen, alguno dormita).
El Ateneo barcelonés es ciertamente irrepetible.
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