Me presento en el Registro Civil de la barcelonesa plaza Duque de Medinaceli. Tiene un aire caribeño, destartalado, de inevitable desorden. De cruzar el Niágara en bicicleta.
Es la doble cara de la existencia: para los que nacen, inscripción de nacimiento. Para los que fallecen, certificado de defunción.
Me encuentro con una legión de papás con sus retoños «matriculando» a los recién llegados al planeta mezclados con visitantes de aspecto grave -como el mío- a la búsqueda del certificado de defunción de un progenitor. Mi padre.
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