Medios europeos de referencia (Financial Times, The Economist)sitúan un año más a dos escuelas de negocios barcelonesas, IESE y ESADE en su lista de las 10 mejores.
Es una buena noticia, especialmente en época de crisis. Si producimos buenos administradores, el fruto lógico ha de ser una buena capacidad de gestión, que tanto necesitamos.
Pero establezcamos el justo contrapunto crítico: el rigor relativo de estas clasificaciones (no exentas de intereses inconfesables) y las sombras que arrojan ambas escuelas: la opacidad en el caso del IESE y los indicios de quiebra moral en ESADE.
Cuesta entender como una escuela de negocios tan acreditada como el IESE mantenga una política de comunicación de tan bajo perfil, tan self-centered, orientada a ella misma, en tiempos en que la transparencia y la apertura son valores de alto calado.
En el caso de ESADE puedo hablar en mi condición de ex alumno y por tanto stakeholder, para expresarlo en terminología del sector: aun reconociendo el principio de presunción de inocencia al ciudadano Iñaki Urdangarín (es de ley) hay muchos indicios de quiebra moral en su trayectoria que contaminan a la escuela que le amparó y certificó sus estudios de MBA.
Sin duda fue un win-win para consorte y escuela en los tiempos de prosperidad desatada. ESADE presume de atraer lo más granado de la sociedad a sus aulas sabedor el centro de que prestigio llama a prestigio. Pero hay apuestas que salen mal. La de Urdangarín es una.
Si la función de una escuela de negocios es crear alianzas de marcas que nada que tienen que ver con su espíritu fundacional como institución docente, apañados estamos. En el mismo momento en que la decencia entra en quiebra, tarde o temprano la docencia también.
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