De siempre me ha llamado la atención la imagen pulcra que nos brinda Austria. El concierto de Año Nuevo (hoy, 1-1-12, una nueva edición) constituye un magnífico escaparate de cuanto digo: una sociedad culta, equilibrada y razonablemente feliz.
Es también la imagen que depararon mis viajes por Viena, Salzburg y otras ciudades austríacas en los años ochenta y noventa.
Los austríacos se me antojan una especie de germánicos latinos. Tienen la formalidad del norte y el gusto por la buena vida del sur. Que hayan cultivado la música y otras artes de una manera tan esmerada es una buena prueba.
Recuerdo con agrado mis paseos por Viena. Y mi estancia en el Salzburg Seminar debatiendo el futuro de Europa en las vísperas de la guerra civil yugoslava, como becario de la Fundación Fulbright.
Austria. Bello país.
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