Pues sí: de muchos momentos mágicos he disfrutado en el Ateneo barcelonés: un humeante café con leche, unos rayos de sol en pleno invierno, libros de inopinado interés…
También el escribir una parte de los capítulos de «El Método Guardiola», alternados con mis estancias en Boston.
Momentos mágicos que se reparten en el tiempo. Serpentean, emergen, declinan y renacen.
(Es lo que tiene el Ateneo: gran templo de los silencios henchidos).
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