Cuando propongo a Pep Guardiola como doctor honoris causa no lo hago pensando en darle un reconocimiento público que ciertamente no necesita. Y que incluso le pudiera incomodar. Lo hago pensando en que sería bueno para la sociedad. Para la cultura. Para la propia Universidad.
En último término, el destinatario del honor siempre puede declinar. Los honores se sugieren. No se imponen. Pero no olvidemos que una persona pública, al igual que debe aceptar la crítica, en buena lid debiera ser mesuradamente receptiva al elogio. Son los gajes del oficio. Y de tener éxito en él. La persona pasa a ser así un poquito patrimonio sentimental de todos. Yo, al menos, lo veo así.
¿Mitificación? No. ¿Libre elección de nuestros referentes cívicos? Claro que sí. ¿Tomar la iniciativa de proponerlos? Por descontado. ¿Respetar la opinión del destinatario y de quienes no ven la iniciativa adecuada? Faltaría más. ¿Esperar a un momento más oportuno? Creo que es lo que pasará.
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