Justo hace siete meses murió mi padre. Y todavía algunas gestiones colean. Me he pasado la mañana atendiendo algunas de ellas con entidades bancarias. En algún momento he pensado que la renuncia a una herencia puede ser en ocasiones el mejor negocio.
Me llama la atención la cantidad de papeles firmados por unos pocos euros en juego. Y también el hecho de que el principio de desconfianza rige la tramitación de los papeles: firmas y más firmas, presencias y más presencias.
Quizá nos saldría más a cuenta renunciar a tanta «seguridad jurídica» y dar un voto de confianza a la buena fe de quien heredar.
Pero es bien cierto que las burocracias sólo tienen sustento y perdurabilidad si hay alguien o algo que controlar. De ahí que la desconfianza sea fuente de negocios para algunos y de suplicio para otros.
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