Sin tapujos empieza a hablarse (sobre todo en las redes sociales) de las bochornosas connivencias entre los poderes económicos y las fuerzas políticas. Valdría la pena dar un paso más y poner al descubierto los tejemanejes que implican a los propios medios de comunicación. Pero no sólo a sus cúpulas. También a sus mandos intermedios y a sus bases, a menudo de un pseudoprogresismo procaz y volcados en el clientelismo, la endogamia y la fidelización del amiguete.
Si alguien se dedicase a analizar y describir los criterios con que los medios deciden quiénes aparecen y quiénes no, a quién se invita a las tertulias y a quién se posterga, nos daríamos cuenta de que la podredumbre del país tiene una derivación inquietante en los medios.
La opacidad con que los medios de comunicación ofertan sus puestos de trabajo (ahora en franco retroceso) es muestra palmaria de la falta de meritocracia y del grave enraizamiento del politiqueo. Son maneras de actuar impúdicas que protagonizan hasta figuras consagradas, personajes pretendidamente dignos pero que no resistirían una auditoría de deontología profesional.
Esto es lo que hay…o lo que ha habido desde hace ya varias décadas. Y así es como el periodismo está hoy y sin visos de levantar cabeza.
Cuando el mérito dejó de ser el criterio rector de la profesión, todo se vino abajo. Ahora son pandillas y capillas quienes administran los restos del naufragio.
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