Ejerzo por primera vez en mi vida de colmenareño, esto es, transeúnte por Colmenar Viejo, a unos 30 kilómetros de Madrid, el pasado fin de semana.
Día rutilante: contraste feroz de colores en el parque natural adyacente a esta villa reconvertida en zona residencial y dotada de amplios espacios para el deporte, como la Ciudad Deportiva José Antonio Samaranch.
Un sol tajante como la firma de un banquero.
Confraternizo con los lugareños metiendo la nariz en tres bares distintos con motivo del Getafe-Barça. Ganan los azulgrana por 1 a 4 y la parroquia parece resignada o incluso contenta. El Barça actual tiene ya hasta complicidades mesetarias.
(Regreso en coche a Barcelona tras mis 36 horas colmenareñas, gentilicio que deriva de las colmenas de abejas que dieron nombre a Colmenar).
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