Hice un viaje relámpago esta semana a Mallorca, sin pernoctar, con madrugón, y para atender asuntos trascendentes. Contra mi costumbre, tomé un café con leche más tarde de las 19 horas. Pagué duro precio: a las pequeñas pero molestas turbulencias del vuelo de regreso, se unió el cansancio y ese ahogo desagradable que produce la presión alta. Qué mal se pasa.
(Hace ya dos meses que he dejado la Coca-Cola: noto que es un refresco que corroe por dentro y altera los nervios. Soy un tipo harto relajado. Qué desagradable es sufrir brotes de ansiedad. Renuncio a la bebida).
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