No es infrecuente que mis alumnos lleguen tarde a clase. Y que, modositos, entren. Porque yo lo permito, si bien me irrita que lleguen tarde. Conculcan así una premisa clave: dar importancia a lo que van hacer. Y saber organizarse.
Pero la mía no deja de ser una irritación admirativa. Ese esqueleto remolón que entra (a menudo multirreincidente) sintetiza millones de átomos en danza. Aúna miles de parejas que se han amado de manera fértil y secuencial. Y además, qué caramba, son un producto final que ha superado millones de barreras de la biología. Están allí como pudieran no estarlo.
Afirma el dicho indio que «no te encuentras con nadie por casualidad». De manera que bienvenidos sean también los tardíos. Porque también forman parte del misterioso guión que me viene dado.
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