Mal gobernante es aquel que no tiene desarrollado el sentido de la realidad. Más allá de filias y fobias, quien detenta el poder en el gobierno central debiera ser muy sensible a las inquietudes mostradas pacíficamente ayer en la Diada de Cataluña.
El sentimiento de desarraigo con lo hispánico es cada vez mayor en estos lares. Es un sentimiento transversal y sin tapujos. No sólo no se oculta sino que se exhibe. La profusión de banderas con la estrella independentista ya no es un hecho llamativo sino una trivialidad en el paisaje catalán donde se ve a Madrid con hastío.
El estilo tranquilo y cívico con que se desarrolló la jornada de ayer es el mensaje más efectivo e inteligente que pudiera enviarse al mundo. Decenas de representantes de los medios internacionales de prensa estaban anoche febrilmente presentes en el Colegio de Periodistas de Cataluña. Estuve con ellos, algunos alemanes.
Ayer se sentaron la bases de una independencia «relaxing». En Cataluña. No en Madrid, donde revivimos en la librería «Blanquerna» episodios calcaditos de la transición: fechorías de aquello que en aquella época dio en llamarse «acciones de incontrolados».
Suena antiguo, ¿verdad?
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