Mi mujer y yo realizamos hace algo más de una década la mayor inversión patrimonial de nuestras vidas: la compra de un piso de la firma Metro-3 en el Ensanche barcelonés.
La escena de la firma ante el notario -en la Diagonal de Barcelona- es un momento recurrente en nuestras conversaciones y momentos de esparcimiento. Solemos recordar cómo nuestro hasta entonces servicial interlocutor comercial, un tal Gil, cazó al vuelo el talón que yo le entregaba al señor notario y con gráciles movimientos se ausentó de la sala para no volver. Ya había cobrado.
La diligencia inicial se trocó en trato esquivo cuando no distante e incluso hosco cuando le informamos de imperfecciones en la obra. Lo dicho: él ya había cobrado.
Esta semana hemos comprobado con enfado que la rendija de desagüe del cuarto de la lavadora es ficticia: tras ella no hay canalización de salida de agua. Hubiera sido lo procedente y especialmente útil ante el escape de agua acaecido en nuestra AEG de tan sólo 5 añitos de existencia.
Son detalles feos, vicios ocultos de las cosas que te dan cuenta cabal de la calidad real de lo que has comprado. Porque el precio al que lo compraste ya lo sabes desde el primer momento.
La cosa ya no tiene remedio. Son detalles más o menos pequeños pero que te desaniman al ver que la cultura de la calidad es una quimera en nuestro país. Que efectuada la venta y cazado el talón al vuelo, la servicialidad desaparece como por ensalmo. Y que brillan por su ausencia la eficacia y profesionalidad que harían innecesarias inserciones como ésta.
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