En un coloquio abierto y estimulante del empresario Gabriel Masfurroll con mis alumnos del Máster de Comunicación de EAE Business School, una participante latinoamericana confesó lo mucho que le costó financiarse el programa. En el último momento su propio hermano acudió a su auxilio. Sin ese apoyo -in extremis- no podría haber venido a Barcelona a formarse como directora de Comunicación…
Tal confesión me impresionó. Me dio por pensar: ¿Qué hubiera pasado si como escuela no hubiéramos estado a la altura de sus expectativas y de su sacrificio?
Estoy muy satisfecho del desarrollo del programa y puedo darme una respuesta tranquilizadora en este punto. Pero la hipótesis de que no hubiera sido así me resulta angustiosa. Hay tanto en juego en un proceso formativo…
Es por ello que -con todo respeto a la noble función de ganar dinero y hacerlo en abundancia- las escuelas estamos obligadas a dar un plus. Algo que quizá otras empresas no deben. Un plus en forma de compromiso con las expectativas y necesidades de quienes nos encomiendan su bien más precioso: sus cerebros.
Las escuelas, los centros de formación en general, no somos fábricas. La nuestra es una labor que debe impregnarse de espíritu artesanal.
Es ese espíritu el que nos puede dar grandeza, sentido y compensación al mucho esfuerzo que hay que poner para llevar la nave a buen puerto.
Home