Pesco -antes de lanzar a reciclaje de papel diarios y revistas recientes- noticia de la muerte de la periodista Sara Creus, ex compañera en TV3 (trabajé allí el bienio 1985-86). Apenas la traté. Pero la recuerdo.
Los muertos se me acumulan encima de la mesa. Es más: consulto en los últimos tiempos con fruición la sección de obituarios de los medios. Como hacía mi abuelo en vida, siempre atento a las necrológicas de La Vanguardia, recortadas y subrayadas con esmero…
Qué le vamos a hacer. Es ley de vida. Pero precisamente todo eso te hace cambiar la perspectiva sobre las cosas: esas noticias luctuosas te recuerdan…que no eres inmortal.
Me impresiona también leer las páginas de obituarios de los grandes medios. Reseñar la muerte de una personalidad es todo un género en sí mismo. Uno lee -y se da cuenta- de que gente interesantísima ha dejado de existir. O descubre méritos curriculares ignotos en gente a la que creía conocer. Pero es igual. La vida indefectiblemente continúa.
Entre las últimas defunciones me ha impactado la de Fernando Argenta, talentoso presentador musical de Radio Nacional de España. Tenía una sorna fina, erudición y una manera convincente de desmitificar a las grandes figuras de la música clásica.
Su programa «Clásicos Populares» me ha acompañado durante muchos años. Lo recuerdo especialmente a finales de los setenta, de tres a cuatro de la tarde, cuando tras comer me dirigía a pie hasta la facultad de Derecho en la Diagonal barcelonesa. Qué buen sabor de boca dejaba ir a la Universidad con notas de música reverberando, especialmente en aquellas tardes de otoño de frío suave y sol mimoso…
(Tras la muerte de Nelson Mandela me viene a la memoria la pareja formidable de perros labradores de Heike Genschow, mi antigua jefa alemana en la cadena RIU. Bautizó a sus preciosos canes con los nombres de «Nelson» y «Mandela». Vigilaban su maravillosa finca en Binissalem, donde naranjos y limoneros daban fruto con belleza convulsa y su pareja Macià nos recomendaba un enésimo vino mallorquín…)
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