He pasado un par de días en Platja d’Aro, en la Costa Brava catalana. Hacía años que no la frecuentaba. En coche he recorrido Lloret, Tossa de Mar, Sant Feliu de Guíxols, S’Agaró, Platja d’Aro, Sant Antoni de Calonge y Palamós (excelente arroz negro el servido en el club náutico, por cierto).
Pero debo confesar que mi mente estaba la mayor parte del tiempo imbuida de los acontecimientos en torno a Jordi Pujol y los comentarios tras su autoconfesión de fraude fiscal. Es un golpe muy duro. Y la revelación de nuevos datos puede hacer mucho mayor daño en las próximas semanas.
Le comentaba a un amigo que posiblemente el colapso de la antigua Unión Soviética y el hundimiento de la figura de Pujol son los dos grandes acontecimientos que más han marcado mi vida. Dos auténticas lecciones de vida y una invitación al más profundo escepiticismo sobre los recovecos de la condición humana.
(El hotel «Columbus» de Platja d’Aro mantiene su decoración de hace cuarenta años. He sufrido un ataque de nostalgia al alojarme de nuevo en él. Como contrapunto, el escandaloso mal estado de las instalaciones. Al igual que hay «vergüenza torera» debiera haber «vergüenza hotelera»: un 4 estrellas no puede ofrecer semejante cúmulo de defectos).
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