Hemos tenido en casa durante dos semanas a Xèvik (en hebreo, «lobito»), un perro israelí de dos años y medio de edad, oscuro y alegre, educado y mimoso. Ha sido una experiencia excepcional. Nunca como hasta ahora me había fijado en la vida de los perros.
Me llama la atención cómo se husmean el trasero los unos a los otros. Cómo marcan territorio orinando a diestro y siniestro. Cómo mueven la cola cuando están contentos. Cómo auditan el mundo a través de su olfato poderoso. Cómo copulan sin contemplaciones y apenas protocolo. Cómo te miran con ojos profundos y te revelan lo que de humano hay en su inteligencia canina.
Pero también me enseña este trajín perruno recientemente vivido cosas muy evidentes pero a menudo obviadas sobre la psique de las personas. Cómo también nosotros somos seres forjados en base a hábitos reiterados. Cómo niños, jóvenes y adultos estamos siempre a la búsqueda de los límites del otro y eso condiciona nuestros pasos.
Estas jornadas perrunas han sido para mi un clarividente aprendizaje aplicable -entre otros ámbitos- al mundo universitario, donde hay que oscilar siempre entre soltar la correa y atar en corto.
Home