Hace ya unas cuantas semanas leí la entrevista del diario La Vanguardia al experto alemán en selección de directivos Horst Rietmüller, miembro del Rotary Club y -faceta que no le conocía- versado estudioso de la historia de los templarios.
-Tengo que hablar de él-me dije para mí. Pero las semanas pasaron y mi inserción -hasta hoy- no se produjo.
Sé que la hago a destiempo. Hace unos días tuve conocimiento del fallecimiento del señor Rietmüller. Me dolió.
Hubiera preferido que el amigo Horst leyera estas líneas pero no será así.
Debo decir que le atribuyo el atributo de «amigo» sin que en puridad sea así. Tan sólo me vi con él en una ocasión pero fue un encuentro que me dejó profunda huella. Brindo la descripción para que tengan constancia sus deudos y amigos (algunos de ellos, por cierto, se han dirigido a mí a través de este blog.).
Corría 1995 y había yo dejado mi puesto como adjunto de comunicación de la dirección general de Círculo de Lectores. Un amigo de dicha empresa alemana (por entonces enteramente propiedad de la multinacional Bertelsmann) me habló de Horst Rietmüller:
-Es un gran headhunter. Ves a verle-me dijo.
Así lo hice. Me dirigí para ello a su secretaria, a quien envié mi currículum vía fax desde mi aparato en mi despachito en mi domicilio de Córcega, 174, que ocupé tras el nacimiento de mi primera hija.
El fax se me atascó varias veces. Ante la duda sobre la correcta recepción,repetí varias veces el envío…
Horror. Al presentarme en el despacho del señor Rietmüller en la residencial y pedralbesiana calle de Sor Ángela de Anzizu, su secretaria (alta, germánica y rubicunda) me mostró perpleja un kilométrico fax que había agotado las existencias de papel del eximio despacho de selección de directivos.
Me disculpé como pude y supe, preámbulo de mi encuentro con el señor Ritemüller a quien probablemente debió divertir la incidencia (recuerdo un trasfondo pícaro en sus ademanes).
Nuestro encuentro fue franco y abierto, no exento de cierta crudeza convenientemente teatralizada como corresponde a una entrevista entre dos profesionales de nivel tan asimétrico.
Tras relatarle mis estudios, méritos y vicisitudes en Círculo de Lectores, el señor Rietmüller impulsado por un brío inaudito me espetó:
-¿Quiere ser el nuevo director de Comunicación de SEAT, señor Violán? Puedo llamar ahora mismo a Felipe González y asignarle este puesto. ¿Pero cuánto tiempo duraría usted en él?
Tras una serie de consideraciones en formato de monólogo sobre el poder y los vericuetos empresariales, el señor Reitmüller me miró fijamente a los ojos. Con una intensidad inaudita. Acto seguido me espetó unas palabras rabiosamente precisas:
-Usted, señor Violán, es una buena persona y esto le va a privar de llegar a muchos puestos en que esto constituye un importante obstáculo. Pero por favor, señor Violán: no cambie. No cambie».
En sus palabras había admonición, súplica y confesión.
Nunca más volví a verle. Pensé hace un año que quizá le encontraría en la presentación en Barcelona de mi libro «Herr Guardiola» en el círculo de directivos de lengua alemana (KDF) pero no acudió.
(Ésta es la inserción que me hubiera gustado que él pudiera leer. Pero llegué tarde. Sus palabras nunca las he olvidado).
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