Ayer, 9 de junio de 2017, se cumplió un año del fallecimiento de mi amigo Emilio Sol Bartolomé. No puedo evitar reseñarlo. El recuerdo es obligado. La pena persiste por su marcha pero también me reconforta la extraordinaria entereza con que su madre Lourdes ha afrontado este año.
Me ha dado muestras de ello las varias veces que la he telefoneado. También en nuestro encuentro reciente en Santiago de Compostela, en su propia casa, donde tantos ratos pasamos en vida de Emilio.
Yo esa entereza no la tengo pero me gusta identificar a quienes sí la tienen. Quizá así algo de ella se venga para conmigo.
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