Me adentro en la Rambla barcelonesa, hora punta de calor de este agosto en días de temperaturas álgidas. Me atraen los cánticos de un manojo de hare-krishnas desarrapados a la altura de Canaletas. Y rememoro cuando yo les seguía los pasos -eran un tropel- en el Golden Gate Park de San Francisco en verano de 1977. Y aquella chica avispada, norteamericana enfundada en un sari indio, que quería venderme a toda costa propaganda de la secta.
(«Todo vuelve»-me digo para mis adentros).
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