Últimas jornadas de junio y llega ese calor tan prototípico como preámbulo de la canícula. Lo identifico y me recuerda que el estío ya se cuela por poros y rendijas.
Ardo en deseos de poner mis pies en remojo en una playa cercana, quizá mañana en el vecino enclave marino de Gavà.
(Y la vida es eso: repetición de ritos, llegadas y despedidas mientras el calendario deja caer inexorablemente sus hojas y de manera sempiterna esbozamos aquella embobada pregunta: ¿Ya ha pasado un año?).
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