
Hace unos meses una amiga mía estaba en una playa paradisíaca de un complejo hotelero de Centro América, este es su relato:
Unos madrileños organizan una fiesta en la playa y más de treinta jóvenes, y menos jóvenes, se reúnen por la noche para hacer una barbacoa y tomarse unas copas. Hay mayoría de españoles, pero también hay canadienses, americanos, mejicanos, británicos, australianos, alemanes, franceses, holandeses… una pequeña ONU.
La mayoría chapurrean el castellano, ya llevan una semana en el mismo hotel, se conocen y están encantados de estar allí. Hace una noche preciosa y corren los mojitos y las caipiriñas. Han hecho un fuego, se han bañado, hay un par de guitarras y todos tienen muchas ganas de pasarlo bien. ¿Todos? No, todos no.
El caso es que una catalana, pongamos que se llama Montse, con algún ron y quizá también con algún complejo de más, insiste en hablar en catalán a voz en grito con su amiga, y ésta, que está un poco cortada por los demás, le responde en castellano.
En un momento dado Montse le pregunta: «¿es que te avergüenzas de hablar en catalán?», su amiga le responde que no, pero que lo hace para que puedan entenderse entre todos. Entonces Montse, alzando la voz para que puedan oírla todos, proclama su catalanismo indómito. En seguida salta una pareja de San Sebastián para apoyarle y dejar claro que ellos tampoco son españoles. La cosa se complica cuando otros vascos les dicen que lo están pasando todos muy bien y que porqué no dejan la política para otro momento.
Por supuesto, llegados a este punto, todos están pendientes del lío. Montse y los donostiarras se calientan, unos andaluces se calientan aún más y se enzarzan con los donostiarras, se escuchan las primeras palabras gruesas y los primeros insultos. La tensión se puede cortar con un cuchillo.
Los que no son españoles no entienden nada y mucho menos cuando la fiesta se acaba bruscamente y gracias a la mediación de cascos azules vascos, catalanes y madrileños, ayudados por otros europeos, la cosa no acaba a tortas de milagro.
Al final se quedan alrededor del fuego los extranjeros y una escasa representación de españoles, o quizá habría que decir del Estado Español. Por su parte, Montse y el resto del sector nacionalista se han ido muy cabreados y despotricando en sus respectivas lenguas vernáculas, aunque entre ellos se entienden en castellano, qué remedio.
Una holandesa rompe el silencio y pregunta: «Pero, ¿con ese país tan increíble que tenéis, ¿en España os habéis vuelto todos locos?» La respuesta es unánime: «no lo entenderíais nunca, pero sí, nos hemos vuelto locos».
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