Llevaba casi dos semanas desaparecido del blog y del mundanal ruido, escondido en un recóndito y verde rincón, rodeado de vacas, disfrutando de la lluvia y encantado de no tener TV, ni radio, ni teléfono, ni internet, ni periódicos. Por fin puede acabar el libro que tenía atascado, sacar fotos, comer como una persona decente, dar estupendos paseos con paraguas y si la lluvia arreciaba me limitaba a poner otro tronco en la chimenea.
Pues bien, visto y no visto, de las vaquitas pasamos en cuestión de horas a los alrededores del Palacio de, ¿Justicia?, de Bilbao donde se desarrolló la tragicomedia.
Se trataba de no dejar solo a mi buen amigo Fernando en la papeleta de tratar de conseguir que Otegui e Ibarreche cumplan la ley como los demás mortales y la verdad es que no logramos reunir muchos refuerzos, pero es mejor siete ante el peligro que uno solo ante el peligro.
La primera incursión en territorio enemigo fue a eso de las diez cuando nos recibió el comité de recepción de Batasuna de la manera prevista. Nada del otro mundo y todo muy ordenado, tras recibir los saludos de rigor: hijos de puta, fascistas, asesinos, fachas, etc., entramos y estuvimos un rato compartiendo sala de espera con Otegui, Rufi Echevarria y Goiricelaya –Jone para los amigos como la Bardem, pero yo no tengo tanta confianza-. Daniel Portero estuvo a unos dos metros de esos feligreses con una compostura admirable.
La salida fue standard, con las despedidas reglamentarias y en un tono un poco más subido que a la entrada y con el acompañamiento de los más animados hasta la puerta del hotel que era nuestra trinchera. He de decir que no estoy acostumbrado a estas formalidades y me limitaba a caminar con paso firme y vista al frente siguiendo el paso, que me parecía lentísimo, de Dani, Iñaki, Juana (De Arco) y Antonio Aguirre que respondían amablemente a todos y cada uno de los saludos.
Parecía que había pasado lo peor pero aún quedaban sorpresas por venir. A las doce nos fuimos con Fernando hacia la puerta principal por la que acababa de entrar bajo palio Ibarreche
y donde nos esperaba una multitud enfervorecida a la que si la cosa llega a ir según nuestras intenciones apenas le hubiera dado tiempo de saludarnos, pero héteme aquí que en llegando a la barrera humana nos recibió un amable ertzaina que tenía orden de no dejarnos pasar, lo que provocó la consiguiente protesta y discusión que se me hizo eterna y que fue más que suficiente para que el populacho se percatara de nuestra presencia. De modo que cuando nos mandaron a la otra puerta, que estaba a unos 150 metros vascos, equivalentes para mi a unas 150.000 millas náuticas, la cosa se empezó complicar, pues esta gente no resultó ser tan educada como las hermanitas de la caridad de Batasuna que tan correctamente nos habían recibido anteriormente, sino que parecían estar francamente molestos con nosotros diciéndonos todo tipo de palabras soeces que prefiero no repetir aquí porque eran un poco subidas de tono. Y no solo eso, sino que cada vez se sumaban más y más feligreses que, si bien aparentemente no tenían otra intención que la de lincharnos, su comportamiento era poco amable e incluso molesto, a juzgar por las caras desencajadas, la espuma que salía de sus bocas y los gestos obscenos que nos hacían.
No hablaré aquí tampoco de cómo faltaron al respeto a mi mujer, que es bajita pero más valiente que el Capitán Trueno, aunque sí diré que en otras circunstancias creo no hubiera tolerado semejantes impertinencias, pero la cosa no pintaba bien y decidí hacer la vista gorda.
Más grave que las palabras soeces me pareció que llamaran «asesino» a Dani Portero (sin duda ignoraban que su padre fue asesinado por ETA), que nos dijeran que «ojalá nos pusieran una bomba a todos», que «no se acercaban porque les íbamos a infectar» -cosa que era mentira porque somos todos muy limpios y además sí que se acercaron, demasiado para mi gusto- y otra sarta de impertinencias que prefiero no contar, y todo por un quítame allá estas pajas, en concreto porque creían, equivocadamente, que nosotros no éramos vascos, cosa que al parecer les molestaba un montón.
No hace falta decir que Iñaki, Dani, Antonio, Juana y Sonsoles, otra superwoman, no se cortaban un pelo al responder a los improperios de pésimo gusto. Mi mujer, que es muy educada, intentaba convencerles de que se equivocaban con su actitud, pero no había manera.
Por mi parte tuve que soportar la tabarra de un individuo, que me tuteaba sin siquiera haberse presentado y que de una modo nada amable me interrogaba sobre mi vasquitud y pretendía hacerme, in situ, un examen de vascuence que francamente no me pareció apropiado responder en ese momento, así que contagiándome de su pésima educación decidí pasar de él como de la mierda, con perdón.
No avanzamos más de cincuenta metros y era imposible continuar la retirada, estábamos atrapados y rodeados por todas partes menos por una: la pared del juzgado. Así que como no paraban de gritar, no haciendo ninguna falta, rompimos a gritar nosotros también ¡libertad, libertad!, a ver quien gritaba más alto y fue entonces cuando vino lo de Antonio: un maleducado le propino una tremenda patada en la bolsa escrotal. Cuando el pobre se retorcía en el suelo aún tuvo que escuchar los cánticos de pésimo gusto de «¡que se muera, que se muera!», mientras yo intenté dirigirme al de la patada para reconvenirle por su comportamiento del todo inaceptable, pero el ertzaina que debería haberle detenido le dejó marchar y corrió como un gamo calle abajo.
Así que estuvimos estancados en nuestra precaria posición un buen rato hasta que Antonio pudo primero respirar, luego gemir, después hablar y por fin incorporarse para, ayudado por nosotros, hacer una fugaz retirada hasta la trinchera, no sin antes escuchar los gritos de «hijos de puta» de varias señoras, cuyas joyas, peinado y abrigos hubieran quitado el sueño a Pepiño Blanco y colmado de felicidad a los fotógrafos de El País (que se refiere fugazmente a estos sucesos hoy en la página veinticuatro).
Total, que un desastre, y no sólo eso sino que la portavoz del Gobierno Vasco ha dicho que nos van a acusar de delito de contramanifestación por provocar a sus ejemplares seguidores.
No, si todavía nos la vamos a cargar. Así que Antonio, Fernando, Iñaki, Juana, Dani, Sonsoles y compañía, de verdad: para que nos traten así yo no vuelvo.
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