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La construcció nacional

Enrique Zubiaga 08 Nov 2007 - 10:30 CET
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He sufrido el aeropuerto de El Prat, como currante y en mis propias carnes, durante veinte años (y he sobrevivido). Allí he visto de todo, incluidos los episodios más surrealistas tanto en tierra como en vuelo. He visto colapsos y caos indescriptible, esperas y retrasos eternos y desvíos a otros aeropuertos. He visto conflictos laborales e invasiones de pistas por los trabajadores del aeropuerto. He visto montañas de miles de maletas extraviadas y también apagones e inundaciones. Muchas veces, después de una jornada laboral de trece horas, he tardado más de una hora en llegar a un hotel que está a menos de diez kilómetros.

He soportado estoicamente durante trece años, y mis hijos más aún, el auge del imperialismo lingüístico catalán y del fanatismo nacionalista también en Baleares.

He visto a comerciantes y bodegueros catalanes temblar y desesperarse cada vez que Carod Rovira abría la boca o hacía una de sus gracietas, que no hacían ninguna gracia al resto de España, más del setenta por ciento de su clientela.

He visto cómo la lucha callejera de mi pueblo se convertía en Cataluña en lluita rondaire y también como en Barcelona se cancelaban cumbres de ministros europeos por miedo a la bronca de los antisistema catalanes.

He visto cómo manifestaciones contra la guerra acababan con el saqueo de jamones en El corte Inglés.

He visto cómo mientras etarras y batasunos eran aclamados como héroes, gente que ha sufrido a ETA, como Fernando Savater, Jon Juarísti o Gotzone Mora eran expulsados a pedradas de la Universidad de Barcelona.

He visto cómo el fascismo nacionalista atacaba y amenazaba de muerte a los pocos políticos de Ciutadans o del PP que aún tienen el valor de oponerse al nacionalismo obligatorio.

He sufrido un fenómeno que va en aumento: camareros, dependientes y currantes varios que se niegan a hablar en castellano. Y también he visto como ciudadanos hartos del catalán obligatorio, de no poder educar a sus hijos en castellano y del auge del fanatismo nacionalista tiran la toalla y emigran.

He contemplado atónito durante meses la ración de diez minutos diaria en el telediario sobre Caostaluña.

He visto el resultado de los treinta años de «construcció nacional» por parte de políticos catalanes, ya sean nacionalistas genéticos y pata-negra como Pujol, nacionalistas conversos como el nativo Maragall, o nacionalistas también conversos pero además acomplejados como el cordobés Montilla o el maño Carod Rovira. Y más recientemente he visto también el resultado de los tres años y medio de la actuación del dúo José Luis RodríguezMaleni Álvarez en Cataluña.

He visto y escuchado desde hace meses a numerosos catalanes desesperados para los que simplemente vivir cada día es un suplicio. Les he visto hacer colas y transbordos, pasarse tres y cuatro horas al día subiendo y bajando de autobuses y trenes para ir y volver al trabajo, iluminarse con velas, ducharse con agua fría, cocinar con camping gas… y acordarse de los antepasados de todos los anteriormente citados y especialmente de José Luis y de Maleni.

He visto túneles que se hunden o se inundan, socavones, grietas, atascos, desesperación y caos por doquier… y he escuchado a mi mujer esta frase lapidaria: «Y todo para ir a Madrid en tren».

Y después de todo esto he llegado a la conclusión de que quizá si los constructores de la nació hubieran invertido más tiempo, dinero y esfuerzo en construir nuevas infraestructuras y en mantener las que ya tenían que en mirarse el ombligo con el sagrado cuento de la patria, que les da de comer, y sobre todo en defender las libertades de los ciudadanos que aún se atreven a discrepar de la «construcció nacional», otro gallo cantaría, digo yo.

Y es que eso tan socorrido de que «la culpa de todo es de Madrit, y del PP», como que ya no cuela.

Me encanta Cataluña y tengo muy buenos amigos allí, por eso todo esto me da mucha pena. Pero, en fin, ellos sabrán a quien votan.

Enrique Zubiaga

Soy un aviador vasco que he visto mucho mundo y por eso puedo decir alto y claro, y sin temor a equivocarme, que tenemos un país increíble y que como España en ningún sitio.

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