Hablando de todo un poco, resulta que hace unos días mi mujer y yo paramos a echar gasolina en Cherokee, Carolina del Norte, un pueblo situado en una reserva de indios Cherokee. Me bajé y metí mi tarjeta en el surtidor para que este funcionara, pero por algún motivo no la aceptaba, así que metí otra tarjeta y tampoco le gustó. Dejé la manguera puesta en la boca del depósito y me fui a la oficina a ver qué coño pasaba. La señora me dijo que tenía que pagar por anticipado, pero como yo quería llenarlo me ofrecí a dejarle la tarjeta mientras tanto, a lo que ella se negó, así que mi mujer pago sus patatas fritas y su coca-cola y nos fuimos bastante cabreados, nos metimos en el coche y arrancamos para buscar otra gasolinera, que encontramos enseguida. Paramos en un surtidor y un tipo nos hizo señas y nos enseñó una manguera como con cara de cachondeo, yo le dije que «lleno por favor» y él me dijo de que iba a ser difícil y me enseñó el otro extremo de la manguera que nos habíamos traído tan contentos arrastrándola por las calles de Cherokee, Carolina del Norte. Cuando le dijimos de dónde veníamos se partía de risa pues él también se había largado de la misma estación por una fricción que tuvo con un empleado a cuenta de un café, así que nos felicitó efusivamente por la operación.
Allí se quedó la manguera, en Cherokee, Carolina del Norte.
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