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La confesión

Enrique Zubiaga 01 Ene 2009 - 20:44 CET
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El otro día estaba convocado por la defensa como testigo de la agresión a Antonio Aguirre para tratar de evitar su condena por desordenes públicos.

Después de más de año y medio esperando, la verdad es que me quedé con las ganas de contarle al juez cómo se desarrolló nuestra agresión a la tribu de la txapela que había convocado Ibarreche a las puertas del Palacio de Justicia de Bilbao, donde unos fanáticos del Foro Ermua habían osado sentarle en el banquillo por sus trapicheos con ETA/Batasuna, creyendo que Ibarreche era un ciudadano como los demás.

Yo tenía muchas ganas de confesar y de quitarme esta pesada losa de la conciencia. Ahora me acogeré al programa de protección de testigos del gran Joseba Azkarraga, consejero de justicia del Gobierno Vasco, y supongo que estaré a salvo, más o menos.

Estos son los hechos que no le conté al juez:

«En realidad nuestra estrategia estaba cuidadosamente preparada y era muy sencilla: cada uno de los siete ninjas del comando del Foro teníamos asignados a unos ciento cuarenta o ciento cincuenta feligreses y diez ertzainas a los que teníamos que reducir. Una vez hecho esto, accederíamos al interior del Palacio de Justicia, capturaríamos a Juanjo Ibarreche y lo llevaríamos en una vespa (que es muy maniobrable) a un gasolino como el de la foto que nos esperaba en el Abra. Y de ahí directos a Burkina Faso, donde teníamos la reserva hecha en el Instituto Siquiátrico de Ougadugu, a cuyos doctores habíamos advertido sobre la peligrosidad del individuo: manía persecutoria, paranoia, delirios de grandeza, desdoblamiento de personalidad, etc. El Siquiátrico de Ougadugu es una institución puntera y de toda confianza donde Juanjo hubiera estado bien atendido y hubiera disfrutado de un vejez tranquila y libre de las angustias que sufre el pobre aquí, donde tiene muchos detractores y también algunos enemigos mortales, todos ellos en su tribu y especialmente en su partido.

El siguiente paso era la toma de la sede del PNV, Sabin Etxea, que está a unos metros del Palacio de Justicia y hubiera sido coser y cantar. Luego íbamos a tomar Ajuria Enea, un juego de niños, y a poner al frente del Gobierno Vasco a uno de los nuestros (pensábamos echarlo a los chinos). Hubiéramos arreglado el País Vasco en un pis pas.

Todo se complicó con la dichosa patada en los testículos a Antonio (el pobre se había olvidado la coqullera en casa), pues no pudo hacerse con los ciento cincuenta feligreses y diez ertzainas que le tocaban, lo que aumentó nuestra carga de trabajo hasta el punto crítico en el que la operación dejó de ser factible y todo se vino abajo. Simplemente nos desbordaron. Por muy poco, eso sí.

Una lástima, señor juez, pero ahora que me lo he sacado de dentro me encuentro mucho mejor.»

Enrique Zubiaga

Soy un aviador vasco que he visto mucho mundo y por eso puedo decir alto y claro, y sin temor a equivocarme, que tenemos un país increíble y que como España en ningún sitio.

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