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1 de mayo en Moscú

Enrique Zubiaga 02 May 2011 - 19:58 CET
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La foto que ven a la izquierda es la de una señora con la que me crucé en una calle de Moscú y que se paró, igual que yo, a ver el mural de Lenin pronunciando un discurso. Yo no pude entender lo que decía Lenin en cirílico, pero ella sí y estuvo allí un par de minutos parada con cara seria y triste. Quien sabe lo que pensaría del hombre que cambió su vida y la de todos los rusos.

Desde hace muchos años es una tradición que muchos de los ejecutivos que cortan el bacalao en mi empresa procedan de las filas de UGT y CCOO. Son sindicalistas que han llegado muy lejos, de hecho no hace mucho hubo uno que para desgracia del resto de los currantes llegó ocupar el cargo de consejero delegado. El hombre había empezado su brillante carrera como estrecho colaborador y secretario de Santiago Carrillo y de él cuentan las malas lenguas que, fiel a sus orígenes, no se perdía nunca la manifestación del 1 de mayo, con la particularidad de que acudía con chófer, audi blindado y escolta. Como un señor. Como un señor también, y con el riñón bien forrado a base de stock options, se despidió de la empresa y nos quedamos allí el resto de los currantes para lidiar con la triste herencia que nos dejó.

Lo anterior viene a que yo también acudí a la manifestación del 1 de Mayo, y lo hice a muy pocos metros del Kremlin.

El sábado a las nueve y media de la noche salí de mi casa vestido con el buzo de trabajo y con la maleta a cuestas. Aparecí en un hotel de Moscú, completamente zombie y con cara de haba, a las seis y media de la mañana del domingo.

Después de una larga noche habíamos hecho la tradicional aproximación-sorpresa a Moscú-Domodedovo, aproximación que una vez más fue apoteósica. Los rusos tienen la manía de usar el sistema métrico decimal, al contrario de lo que hace el resto de la aviación mundial, lo que nos complica las cosas un montón. Pero es que además los controladores tienen la mala costumbre de sorprender a los pilotos, de modo que no puedan ni imaginarse a dónde les van a mandar, cuándo les van a bajar y qué es lo siguiente que pretenden hacer con sus aviones. Es como si no quisieran que aterricen allí y buscaran que, hartos de sorpresas y de instrucciones absurdas, los pilotos les dijeran que se van a otro sitio más civilizado. Todo ello nos pilla siempre muy cansados y como además ayer había unas tormentitas situadas estratégicamente en la trayectoria de aproximación, la entrada en Moscú fue mucho más emocionante de lo que nos hubiera gustado. Una vez más.

Así las cosas, me hubiera encantado dormir unas horas para reponerme del cansancio y de las emociones fuertes, pero mi cuerpo -que está harto ya de tanto desmadre de horarios- tocó diana a las nueve. Así que desayuné y me fui caminando hacia el Kremlin. Por el camino me topé con un enorme despliegue policial que incluía calles cortadas, detectores de metales y cacheos para todo el que quisiera entrar en la zona por donde circulaba lo que yo esperaba que fuera una gigantesca manifestación de obreros rusos.

No me extraña que la policía y el ejercito se lo tomen tan en serio ya que no sólo han explotado recientemente bombas que han dejado un montón de muertos en el metro y en el propio aeropuerto de Dodedomovo, sino que en Rusia hay un gran descontento propiciado porque el progreso de un país con enormes recursos naturales sólo se ha visto reflejado en los bolsillos de unos pocos. Una nueva casta ha sustituido a la llamada «nomenclatura» (aquellos que en un país donde se suponía que todos eran iguales eran más iguales que otros) y ahora se pueden ver a las puertas de los hoteles y restaurantes de lujo enormes limusinas y hay por todas partes rolls royce, aston martin, ferrari, porsche, mercedes y audis blindados. También hay muchas joyerías, boutiques, tiendas de lujo y centros comerciales alucinantes que atienden a la nueva jet set. Jet set que por otra parte debe ser la única que tiene el poder adquisitivo para asistir a conciertos de Julio Iglesias.

Pero por el aspecto triste y gris del resto de la población, que se mueve en metro, las cosas no parecen haber mejorado mucho para ellos desde la caída del régimen comunista.

El caso es que por cada manifestante moscovita debía haber dos o tres soldados y policías. Estos últimos eran apenas unos críos y llevaban un uniforme que debía ser de talla única ya que a los más corpulentos les quedaba más o menos bien pero a los más pequeños les sobraban unas cuantas tallas.

Dicho esto, cual fue mi sorpresa cuando vi que en una ciudad con más de 10 millones de habitantes -y en un país con más de 140 millones y que es la cuna del comunismo- la manifestación no había más de dos o tres mil personas. Entre ellos había algunos jóvenes, pero la mayoría eran personas mayores, nostálgicas del régimen anterior, y también unos pocos veteranos de guerra que rondarán los noventa años de edad. Muchos de ellos portaban orgullosos banderas rojas con la hoz y el martillo y retratos del Che Guevara, de Lenin y, sobre todo, de Stalin. Esto último me sorprendió mucho ya que Pepe Stalin, «el carnicerito de Georgia«, fue el que consiguió aliviar las penurias de unos 50 millones de conciudadanos de la Unión Soviética por el más que discutible método de enviarlos al otro mundo matándolos de hambre, fusilándolos o enviándolos a los atroces campos de concentración de Siberia.

No sería tan fácil ver manifestaciones con fotos de Hitler en Berlin, de Mussolini en Roma o de Franco en Madrid, donde a pesar de las ganas que tienen la izquierda española de que surja por fin una extrema derecha como Dios manda, los que acuden al Valle de los Caídos el 20 N caben en un taxi.

Frente al teatro Bolshoi habían levantado un escenario en el que los gerifaltes del Partido Comunista se afanaban en arengar a sus tropas. Si bien mi nivel de comprensión del ruso es más bien flojito sí que entendía algunas palabras clave como tovarich (camarada), solidaridad, Gorbachov/perestroika (grandes abucheos), progreso, socialismo, Putin/Medvedev/capitalismo (enormes abucheos).

Inmediatamente pensé que esas palabras tan manidas me sonaban a otros discursos que nos regalan en España continuamente no sólo nuestros sindicalistas de cabecera sino las luminarias del Gobierno que han conducido a cinco millones de españoles al paro y a la desesperación y que aún pretenden vendernos que estamos en el nirvana del estado del bienestar, aunque los afectados lo llaman estar en la puta calle.

Sin ir más lejos ayer estaban Cándido Méndez y Fernández Toxo hablando de solidaridad y de progreso en Valencia, pero sin meterse demasiado con el responsable del desaguisado que, al fin y al cabo es la mano que les da de comer (con nuestro dinero). Pero, más asombroso aún, también estaba por allí el ex ministro de trabajo Jesús Caldera, y encima haciendo declaraciones a la prensa. Con un par. Los hay que no conocen la vergüenza.

En fin, que en todas partes cuecen habas y al fin y al cabo nuestros progresistas y los de Moscú son los mismos perros con distintos collares. La diferencia es que los nuestros aquí cortan el bacalao y tienen mucho más morro, y presupuesto, que los pobres nostálgicos de Stalin y por eso «progresan» mucho más, no hay más que ver lo mucho que (ellos) han progresado.

Dicho esto me voy a la cama, que cinco horas manifestándome y paseando por Moscú me han dejado para el arrastre y me tengo que levantar a las dos y media de la mañana para hacer el vuelo de vuelta. Y todo esto en el fin de semana y puente de la gran fiesta de los trabajadores. O sea que, para trabajadores, yo. Voy a ver si me meto a sindicalista y el próximo año voy con chófer.

Enrique Zubiaga

Soy un aviador vasco que he visto mucho mundo y por eso puedo decir alto y claro, y sin temor a equivocarme, que tenemos un país increíble y que como España en ningún sitio.

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